Melina Costa

Cómo trabajamos

La Terapia de Interacción Recíproca es un modelo diseñado en 1995 por el reconocido psicólogo clínico Roberto Aguado, resultado de un programa de investigación llamado Psicoterapia de Tiempo Limitado. En este programa se creó un modelo psicoterapéutico que cumplió tres criterios:

  • Conseguir eficacia terapéutica en menos de 10 sesiones.
  • Trabajar la raíz del conflicto intrapsíquico. Se diferencia de otros modelos en que acortan el tiempo de tratamiento por focalizar en puntos concretos del ecosistema del paciente (Psicoterapias Breves).
  • Establecer un cambio en las memorias emocionales del paciente, para que, de esta forma, tenga opción no sólo a dejar de tener sufrimiento por el trastorno que padece, sino que además pueda vivir su vida con satisfacción.

 

La Terapia de Interacción Recíproca pone toda la energía en el vínculo terapeuta-paciente, de tal forma que los cambios que se logran, son la consecuencia de haber generado nuevas formas de interacción con aquello que hasta el momento determinaba el sufrimiento y la enfermedad. Lo esencial y más importante en la terapia es conseguir que nuestro paciente interactúe de forma recíproca con todas y cada una de sus estancias emocionales, sensitivas, cognitivas y, por qué no, interpersonales, con el fin de generar, y no tanto de reparar, como han planteado otros modelos.

La Terapia de Interacción Recíproca tiene su argumentación teórica en tres supuestos básicos, que explican tanto la adquisición de los trastornos que necesitan de intervención profesional, como la posterior manera de tratarlos de forma eficaz.

El primer supuesto básico dice: «Sólo podemos realizar aquello que hemos imaginado haber realizado«. Imaginar no debe ser entendido como un acto mental voluntario; imaginar es la expresión para referirnos a esa huella o memoria que debemos tener grabada en nuestro cerebro para que se pueda realizar el acto que deseamos. De esta forma el fóbico tiene grabada la memoria de evitar la situación temida o el depresivo vive fiel a la memoria nihilista de autolesión y de no encontrar un futuro para él. Todas estas huellas se traducen en imágenes que frenan una interacción con las partes sanas y adaptativas del sujeto que las padece.

Tras este primer supuesto, se expone la figura de persona referencial básica, muy ligada con la figura de quien nos dio la vida y, por lo tanto, de la madre o el padre, aunque no siempre coincide con ellos. En la interacción recíproca con esta persona referencial básica es donde se produce el verdadero semillero de la personalidad y de la identidad, como bases que posteriormente irá soportando todo el montante de interacciones que sucederán a lo largo de la vida del sujeto. Por todo ello, el segundo supuesto básico de la Terapia de Interacción Recíproca dice: «Para imaginar aquello que queremos realizar, nuestro personaje referencial básico, debe haber imaginado que podemos realizar lo que deseamos«. Al nacer e incluso en la vida uterina, el cerebro emocional (Sistema Límbico) del bebé está muy desarrollado, no siendo así su cerebro intelectual o racional (Neocortex), el cual tarda en mielinizarse del todo unos años. Al nacer el bebé necesita leche con amor. Si sólo se le da leche probablemente muera o padezca una enfermedad irreversible (Spitz 1946, Bowlby 1951-1958, Parker 1955). Esta relación comida-amor no es un tema poético. El cerebro límbico está diseñado para detectar los peligros sobre la supervivencia, por lo tanto sabe que si hay amor le darán alimento, de tal forma que si no recibe, (aunque se lo den) la dosis de afecto que le tranquilice, comenzará a situarse en una dinámica de peligro vital, creándose las memorias oportunas, que si en la biografía del sujeto no son en algún momento reemplazadas por otras en las que se satisfagan estas necesidades emocionales, el sujeto lo expresara en forma de enfermedad en cualquiera de las vías biopsicosociales.

La relación con el personaje referencial va a ser determinante para que el ser humano pueda grabar memorias que le conduzcan a la satisfacción o al sufrimiento. En esencia nuestra conciencia y nuestro autodiálogo está muy ligado a cómo nos hablaron y, sobre todo, cómo fue la interacción recíproca con nuestro personaje referencial básico. No olvidemos que, desde el punto de vista funcional, a nivel emocional no hay duda, el área que determina la comprensión (área de Wernicke), madura (se mieliniza) meses antes de la que genera el habla (el área de Broca).

Es obvio que, a lo largo de la vida, el bebé tendrá ocasión de poder modificar estas memorias primeras, y ese es uno de los postulados fundamentales de la salud y de la enfermedad: que todos los cambios deben hacerse sobre los primeros cimientos, forjados en lo más profundo de nuestro ser, es decir, los cambios necesitaran de una situación emocional-afectiva semejante a la natural. Necesitará de una relación vincular (persona referencial-sujeto) y de un clima en el que se puedan grabar estas nuevas memorias en ese cerebro emocional. Es aquí donde surge el tercer supuesto básico de la Terapia de Interacción Recíproca: «La psicoterapia puede ser un equivalente de la relación con el personaje básico. El terapeuta ayudará a cambiar las memorias (emocionales, cognitivas, motivacionales) que tienen al sujeto envuelto en la enfermedad, grabando en su cerebro emocional nuevos cánones que le permitan vivir con vida«.

Por todo ello, la Terapia de Interacción Recíproca induce de forma habitual estados hipnóticos en el paciente. En estado hipnótico se facilitan los cambios terapéuticos, puesto que el paciente está mucho más receptivo y mantiene un vínculo singular, en el que puede imaginar que puede realizar sus deseos delante de una persona referencial, en este caso secundaria, como es el terapeuta.

La Terapia de Interacción Recíproca tiene la cualidad de ser una psicoterapia de tiempo limitado, y a la vez, es un marco ideal para aunar los tratamientos biopsicosoaciales necesarios para conseguir que el ser humano pueda pasar del sufrimiento a la satisfacción.